Estudio Bíblico

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¿En qué Dios creemos?




La Palabra de Dios nos enseña en Prov 23:7 que conforme pensemos en nuestro corazón, de esa manera viviremos y nos comportaremos.

Esto se hace especialmente importante en dos ámbitos o momentos: en el momento de la vida en que me encuentro en la encrucijada de seguir teniendo mis viejas creencias apartadas de Dios o entregarle mi vida a Cristo (ser o no salvo), y posteriormente, en cuanto a que Dios (y qué Jesús, y que Espíritu Santo) es en el que estoy creyendo, que va a determinar la forma como viva el cristianismo.

Algunos pueden argumentar que solo hay un Dios, un solo Jesús y un solo Espíritu Santo, y que en ellos es en los que creen, lo cual es, en la primera parte de la respuesta cierto, pero no igualmente cierto en la segunda parte. Déjeme explicarme. Si yo creo en un Dios para quien la pobreza es un signo de espiritualidad pues voy a vivir de acuerdo a esa creencia, aún cuando la Palabra de Dios nos enseña que Jesús se hizo pobre para que nosotros fuésemos enriquecidos en todas las cosas. Si yo creo en un Dios que constantemente están metiendo a los creyentes en pruebas y desiertos, pues voy a vivir en pruebas y desiertos, en lugar de vivir en medio de la vida abundante que Cristo compró para mi en la Cruz (Jn 10:10, Gal 3:13-14). Si yo creo en un Dios que ya no hace milagros, entonces mi vida va a estar carente de ellos, y así sucesivamente.

Obviamente, esos pensamientos respecto a Dios están fuera de lo que nos enseña la Palabra, por lo tanto aún cuando decimos creer en Dios, Jesús y el Espíritu Santo, puede que no estemos creyendo en Ellos de acuerdo a la enseñanza bíblica sino en unos formados en nuestra imaginación por a saber que situaciones y/o personas. En ese sentido, ellos son conceptos de nuestra mente, que nos parecen correctos, pero que tal como dice la Palabra, nos llevan a la “muerte” (Prov 16:25). Son creaciones religiosas que nos apartan del Dios verdadero y que afectan nuestras vidas en mayor y/o menor grado. El Espíritu Santo, a través de Oseas enseña la gravedad de tal situación: “Mi pueblo perece por falta de conocimiento”, y lo que es peor, por lo menos a algunos de ellos que ejercían el sacerdocio también les dice que por cuanto desecharon el conocimiento El los desechará del sacerdocio y por cuanto se olvidaron de Su Palabra, El se olvidará de sus hijos (Ose 4:6). Ante ello, tenemos que ser muy cuidadosos en examinar, no a la luz de nuestras ideas y/o paradigmas y/o lo que aprendimos anteriormente, sino a la luz de la Palabra, en que Dios estamos creyendo.

Es evidente que ese es el problema principal que nos divide a los cristianos evangélicos de los católicos, de los mormones y de los testigos de Jehová entre otros. Pero también es el problema que nos separa a los cristianos evangélicos, aún dentro de una misma iglesia y/o denominación.

Entonces, la pregunta que nos corresponde hacernos es ¿En qué Dios estoy creyendo, en que Jesús, en que Espíritu Santo?.

Veamos como esa imagen que tenemos de Dios afecta cuestiones sustanciales de nuestra forma de vivir como creyentes.

En primer lugar, veamos el ejemplo de Pedro, en Mat 16.16 en adelante. Jesús pregunta a sus discípulos quién creen ellos que es El y Pedro contesta que Cristo, el Hijo del Dios Viviente, lo cual era una respuesta correcta. Sin embargo, unos dos o tres versículos adelante, evidentemente la idea del Cristo que tenía Pedro no era la bíblica, la de Jesús, por cuanto que en el momento en el que Jesús anuncia Su muerte como resultado de ser el Cristo, Pedro le dice que no piense de esa manera y Cristo lo reprende fuertemente. Evidentemente entre la idea del Cristo de Pedro y la de Jesús, había una diferencia.

En la parábola del buen samaritano (Luc 10:25-37), es evidente que el sacerdote y el levita creían en Dios, de hecho le servían con toda su vida, pero también se hace evidente que al pasar de largo frente al hombre que se encontraba en la orilla del camino medio muerto, su idea de Dios no era la misma que la de Jesús, por cuanto ellos siguieron de largo en tanto que Jesús enseñó que el amor al prójimo (el segundo mandamiento supremo de la Ley) implicaba detenerse y atenderlo, lo cual los otros dos no hicieron. Posiblemente la idea que ellos tenían de Dios era de que para El era más importante que ellos estuvieran en el templo a que atendieran al hombre medio muerto.

Por los dos ejemplos anteriores podemos ver también claramente que nuestras ideas acerca de Dios determinan nuestra forma de vivir, y, lo que es peor aún, que esa forma de vivir no sea agradable a Dios. En Mat 7:21-23, Jesús pone en evidencia eso de una manera dramática, cuando enseña que la forma de entrar al Reino de los Cielos es solamente haciendo la voluntad del Padre, que algunos que creían en El y hasta le servían profetizando, echando fuera demonios y haciendo milagros, no cumplían. Evidentemente ellos creían en Dios a su manera, no como el Padre indicaba que creyeran en El. Los demonios también creen y tiemblan, pero no van a entrar en el Reino de los Cielos.

Finalmente, el caso de la Iglesia de Laodicea (Apo 3:14-22) es dramático. Ellos también creían en Dios, se decían cristianos, pero vivían de una manera tal que no agradaba a Dios. Aunque tenían abundancia de bendición (“Tu dices: yo soy rico y de ninguna cosa tengo necesidad”) y se decían cristianos, Dios no estaba en medio de ellos (“Yo estoy a la puerta y llamo”), lo cual implica que no se reunían en Su Nombre (en El) sino en una idea equivocada que ellos tenían de Dios.

El que verdaderamente cree en el Dios bíblico, le obedece (Jn 14:23) en todo, se santifica constantemente (1 Ped 1:13-16) en todo, lleva un estilo de vida que agrada a Dios en todo (Col 3:22-24), veinticuatro horas al día, siete días a la semana, cincuenta y dos semanas al año y año tras año de su vida.

No es uno que anda detrás del bienestar económico, la seguridad, la comodidad, el éxito, sino uno que anda detrás de hacer la voluntad de Dios en todas las cosas. No uno que todo el tiempo le anda diciendo a Dios lo que quiere que El haga, sino uno que constantemente le está preguntando a Dios que quiere El. Uno que busca la expansión del Reino de Dios no del reino de su “ego” y su “yo”

No es uno que se anda escondiendo detrás de las cuatro paredes de la iglesia para evadir lo que está pasando en el mundo y la responsabilidad que tiene frente a ello, para transformarlo (Mat 13:33, Rom 8.19-21, Col 1:15-16, Mat 28.18-30), detrás de doctrinas escapistas que los encierran a esperar la venida de Cristo, en lugar de cumplir la voluntad de Dios de ser luz y sal en medio del mundo. Ni tampoco andan espiritualizando la codicia y el egocentrismo detrás de doctrinas de prosperidad económica y éxito que nada tienen que ver con lo que la Biblia enseña pero si con lo que el mundo enseña, olvidándose que la Biblia nos enseña que el mundo se convierta a nosotros y no nosotros a ellos, y que el que se hace amigo del mundo se hace enemigo de Dios.

Repito: el que verdaderamente está siguiendo al Dios verdadero, al Dios bíblico, es uno que:
Le obedece en todo (Jn 14:23).
Se santifica en todo (1 Ped 1:13-16)
Lleva un estilo de vida que agrada a Dios en todo (Col 3:22-24).

¿En qué Dios estamos creyendo? ¿En qué Dios estoy creyendo? ¿En qué Dios estás creyendo?

01 Sep 2010
Referencia: Fe